El lector-actor se ha descolgado del mundo, o mejor aún, ha construido minuciosamente un mundo a su medida en los apenas cinco centímetros que ocupan en la repisa las 49 páginas a partir de las cuales la Unesco dice que se puede hablar de libro. Fuera de aquí todo va demasiado rápido para nuestro sujeto soñador, no hay motivos especiales que capten su atención para fijarle los pies a la tierra, o todo duele demasiado como para tomarlo en serio. El tiempo en que las calles olían a naranjo y azahar, si es que alguna vez existió, ha pasado y, en cualquier caso, siempre se encontró más cómodo conversando con Demians y Caulfields, un lugar donde todas las mujeres son Penélope.
Los conceptos en la tierra son piedras harto inestables sobre las que posar el pie para cruzar el río, así que, con toda la distancia con la realidad que le brinda navegar en barcos de papel, opta decisivamente por la ficción. Paseando sigiloso y de puntillas por las nubes, el caballero azul ha aprendido a sacarse las punzantes lanzas de su tiempo de las costillas. No viste con harapos y en sus bolsillos, en lugar de tetra-bricks de vino, esconde novelas, pero alguien al otro lado de la acera, se empeña en convertirlo en un nuevo marginado social. No obstante, el idealista está tranquilo: ha encontrado una vida placentera, interesante, apasionante en el escenario de columnas de tinta y allá cada cual con su lectura de la vida.
Del poder que emana de sus paseos impresos (y que parecen otorgar un sentido existencial), nace la convicción de que la ficción puede ser trasladada a la realidad y así es como el actante deambula por ella. Sólo si la ficción literaria es capaz de alterar la propia vida del individuo, entonces podrá ser el espejo posible y deseable en el que la realidad se refleje para cambiar el contexto. Y, para ello, el lector, además de creerlo, tiene que vivir consecuentemente, como si fuera un personaje más de sus novelas.
Del encierro en su dormitorio, surge la libertad. La libertad de ser quién y cómo se desee. Las ciudades más lejanas, las comidas más exóticas, los sistemas más justos...todo está a su alcance. Con el sólo gesto de correr los visillos del prólogo, puede contemplar el tren de despegue del aeropuerto más internacional del mundo. Y, no sólo porque es un lector voraz, sino porque vive en la literatura, su mundo de letras se despliega ante, durante y mediante cualquier actividad que desarrolle porque no es capaz de desprenderse de una matriz imaginativa que ha pasado a suplantar y elevarse por encima de lo que otros han convenido llamar realidad.