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martes, 22 de febrero de 2011

El lector maldito

Cuento: "El libro en blanco" de Julio Ramón Ribeyro

Lector - maldito:
El protagonista, un peruano extrovertido con multitud de amigos de quien desconocemos su nombre y edad, sueña con triunfar como escritor mientras sobrevive en trabajos menores como traductor en una agencia de noticias. Se aburre, se siente infravalorado y se distrae con facilidad.
Posee una buena biblioteca y disfruta admirando las de sus amigos. Los únicos momentos en los que le vemos leyendo es mientras se distrae en su puesto de trabajo. Lo hace en París, donde reside, de día, sentado en su silla de la agencia de noticias. Lee para evadirse en momentos de poca actividad. Sus lecturas son de buena calidad pero resulta irónico que las que elige para sus momentos de evasión en el trabajo sean En busca del tiempo perdido de Marcel Prost y Elogio de la pereza de Bertrand Russel.
Los efectos que sufre en relación al libro en blanco son diversos y cambian en función de si lo posee o no. El objeto es perverso, está maldito y cuando es así las desgracias le persiguen materializándose en problemas con sus jefes que le obligan a abandonar sus trabajos, insomnio, úlcera estomacal, hemorragias, su madre enferma gravemente, gastos imprevistos, abandono de su pareja quien además se rompe una pierna y soledad. Cuando se aleja del libro recobra la salud, la pareja, logra buenos trabajos y recupera su tranquilidad y estabilidad económica. Ata cabos y descubre los perniciosos efectos del objeto. ¿Qué hacer con él? ¿Regalárselo a alguien? La vileza de tal acto le repugna y decide abandonarlo lanzándolo en medio de un parterre de rosas, inocentes víctimas finales de la nociva obra.
El libro es un objeto maldito que trae la desgracia a los que lo poseen. Las personas que lo atesoran como un valioso regalo son escritores que cometen el sacrilegio de tener un libro en blanco, imaginarse escribiendo en él maravillosos textos, pero que no cumplen sus promesas y lo relegan al olvido y a una existencia sin propósito. Álvaro Chocano, amigo del protagonista, posee el libro durante un tiempo. Le diagnostican un tumor, descubre los peligros del objeto y escribe un pequeño poema en él advirtiendo de sus riesgos. Escribiendo casi logra acariciar con las yemas de sus dedos la llave que le salvará de la maldición pero no logra concluirlo incumpliendo su misión creadora y sufriendo el irremediable castigo.
Un libro en blanco se venga de nosotros. ¿Por qué? Porque el libro es un ser vivo que nace, crece y envejece. Si tiene suerte logrará convivir con un dueño que lo cuidará y disfrutará con él pero si la fortuna no es tan benevolente puede convertirse en un ser condenado a la extinción. Eliminación real puesto que para muchos un libro es un ente maligno y peligroso al que hay que silenciar lo antes posible. Como prueba de esta triste realidad sirvan algunos ejemplos:
El rey Nabonasar inició la guerra contra los libros en el 747 a. C. ordenando destruir todos los ejemplares de la Biblioteca de Babilonia puesto que la Historia debía empezar a partir de él.
El emperador chino Shi – Hoang- Ti efectuó una matanza similar por la misma razón en el 213 a. C.
El caso de la gran Biblioteca de Alejandría es especialmente destacable. Las tropas de Julio César la saquearon en el 47 a. C. La emperatriz Zenobia, reina de Palmira también la atacó e incendió parte de ella. Diocleciano conquistó Alejandría y ordenó la destrucción de dos bloques de la misma. En el 390, el patriarca cristiano Teófilo destruyó un anexo de la Biblioteca. El golpe definitivo lo dieron los árabes en el 646 quienes conquistaron la ciudad y arrasaron la biblioteca hasta sus cimientos.
La Biblioteca de Constantinopla en el 476 sufrió un incendio que eliminó ciento veinte mil manuscritos. Más tarde, el emperador León III mandó quemar la biblioteca, los manuscritos e incluso a los bibliotecarios.
En el siglo XI los turcos saquearon la Biblioteca de El Cairo que atesoraba más de doscientos mil ejemplares.
En 1109, los francos tomaron Trípoli y quemaron la biblioteca árabe de la ciudad.
En nuestro país, Fernando III el Santo, en el 1236 hizo una hoguera con la Biblioteca de los Califas de Córdoba.
Desde 1483, fray Tomás de Torquemada, al cargo de la Santa Inquisición realizó varias quemas generales de libros a las que siguieron las de el cardenal Cisneros.
La lista de atentados contra los libros prosigue y parece interminable: quema de códices mayas en Hispanoamérica, la quema de Savonarola, las de los nazis…
Tal vez nos merezcamos este trato como venganza por los atropellos que durante siglos hemos infringido a estos inocentes objetos cuyo único pecado es el de existir. No pidieron nacer y si lo han hecho es por nuestra voluntad. Cumplen con la maravillosa tarea de albergar el conocimiento del género humano y como recompensa, fruto de la ignorancia, del fanatismo y la barbarie, les hemos regalado en ocasiones una existencia miserable, pudiendo ser ilustrada con los famosos versos de Alberti: “…partidos, sucios, pisoteados, con ese inexpresable gesto fijo y oscuro del que al nacer ya lleva contra su espalda el muro de los ejecutados".

El lugar elegido. El cementerio de Granada.
Un libro que cuya simple posesión puede llevarte a la muerte. Un lector maldito que lucha contra él. Qué mejor lugar para semejantes actores que el cementerio de Granada.
La maldición que encierra el objeto es la de castigar hasta la expiración a aquel que ose poseer un libro en blanco y no escriba y desempeñe en él la misión que su naturaleza necesita.
El libro se venga de nosotros, de la humanidad que lo creó para después abandonarlo a una existencia plagada de dolor. El abandono, la indiferencia, la crueldad, las quemas, las persecuciones, las exterminaciones, las listas de libros prohibidos… Todo esto es lo que hemos regalado a este objeto que no pidió nacer y cuyo simple anhelo fue el de ayudarnos en nuestra existencia atesorando nuestros conocimientos, sueños, deseos y fantasías.
Los escritores, sus dioses creadores, son quienes más debieron protegerlos pero fueron los primeros que los abandonaron a su suerte y es por esto que el libro maldito se ceba en ellos con extrema crueldad.
La muerte acecha y el mejor entorno para intentar vencerla es su propio terreno. Es en un cementerio donde deberíamos llevar este funesto ente para, una vez allí, escribir en él. De esta forma ennegrecemos sus blancas páginas y nos redimimos cumpliendo nuestra promesa. El juramento que hicimos sin darnos cuenta al perturbar su reposo pero que no llegamos a cumplir: crear maravillosos textos en tan propicio objeto.
La preocupación por nosotros mismos y por nuestros semejantes no es algo nuevo, es un comportamiento que nos acompaña desde siempre. Es hace 130.000 años cuando observamos los primeros enterramientos en homínidos pre – Homo Sapiens lo que ya indica una verdadera preocupación en el género humano para con el fallecido que va más allá de la vida diaria. Por esta razón, un cementerio, generalmente considerado como lugar de tristeza puede ser observado con otras naturalezas o connotaciones.
Así, además del dolor que experimentamos en este entorno también debemos entender que el cementerio también puede ser visto desde los ojos de la alegría por ser lugar de paz y descanso, el fin de los sufrimientos de nuestros seres más queridos. También resulta para algunos un lugar de esperanza por ser espacio de tránsito hacia otro nivel de existencia que nos alivie de los innumerables sinsabores de nuestra vida mortal.
La reflexión sobre nuestra existencia finita y sobre lo breve de nuestro paso por este mundo es lo que debe hacernos entender que hemos de cumplir nuestras promesas. Las extremas consecuencias del libro en blanco tal vez sea la forma más directa de hacernos comprender esta incuestionable realidad. Debemos ser honestos con nosotros mismos y con nuestros actos y decisiones. Hemos de ser valientes y luchar hasta el final por cumplir nuestros sueños y no rendirnos en el largo camino.